Moleskine una Mitología inventada

“Lo tengo apuntado en mi Moleskine” es la típica frase que me repatea, te la suele decir gente que piensa que esos cuadernos tienen un halo de mítica que hace que lo que se apunta en ellos interese más que si lo han hecho en unos ya amarillentos folios del Pryca (ahora Carrefour). ¿Desde cuándo el continente (ahora Carrefour) tiene que ver en la calidad del contenido? ¿Por qué no pueden decir “lo tengo apuntado en mi libreta”?

Moleskine mantiene ese pedigrí repelente de superioridad que también tenía el iPhone antes de pasar de ser el sueño de toda cajera de supermercado a ser un teléfono para cajeras y canis. Lo que no cambia es que tanto aquellos early adopters que ahora babean con su iPad como los canis à la Neymar siguen diciendo “mi iPhone” en lugar de “mi teléfono”.

De todas formas lo mejor de las Moleskines —creo que hay que referirse a ellas en femenino, como con los barcos o los yanquis con los países— es que, como cualquier nacionalista ibérico que paste más arriba de Segovia que se precie se ha inventado su propia historia, ya que la empresa que hace los cuadernos fue fundada en los años noventa del siglo veinte, así que las fotos y frases de Picasso o Hemingway con las que adornan su publicidad son más falsas que la modestia de Guardiola.

Los cuadernos del tipo Moleskine se han usado toda la vida, pero estos tíos —italianos, claro— han conseguido con su genial márquetin —“Legendary Notebooks”, me dice Google cuando escribo Moleskine— posicionar al dueño de una miserable libreta como un connoisseur; alguien que al comprar una de sus libretas entra en un selecto club de gourmets, y esto tiene mucho mérito.

Parece ser que el iniciador de todo fue Chatwin, que usaba unos cuadernos con elástico en sus viajes para cursis, y a partir de ahí de alguna manera se asentó la leyenda. Qué pena que no se les ocurriera la idea con los cuadernos escolares Le Spiralbloc que usó Gutiérrez Solana en París durante la Guerra Civil, en los que el pintor escribió algunas de las páginas más bellas y tremendas que se hayan escrito sobre la capital francesa. Al menos la mítica hubiera sido real.

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